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TESTIMONIOS DE LOS NIÑOS DE LA
GUERRA EN REFUGIOS DE LA GUERRA CIVIL
Autor: José Luis
Pantoja. Artículo aparecido en el Diario Jaén el 10 de julio de 2003.
Vivencias
de los niños de la Guerra Civil en Lopera. Con la voladura del puente del
arroyo Salado en la nochebuena del 1936, se producía el éxodo masivo de los
habitantes de Lopera, que huían con sus pertenencias más intimas a lomos de
bestias con destino a los cortijos y a otras localidades, lejos del frente
de combate.
En Lopera ya ocupada por las tropas nacionales apenas quedaron
unas cuarenta familias y con ellas los niños que le tocaron vivir los años
difíciles de una guerra, a la cual eran ajenos, pero que hoy casi 70 años
después recuerdan como una infancia truncada por culpa de una guerra. La
vida de estos casi 50 niños transcurría en el pueblo con los sobresaltos de
los bombardeos, que eran anunciados por una campana que había en la torre de
Santa María del castillo de la Orden de Calatrava. Su sonido sigue presente
en la memoria de estos niños, hoy ancianos, los cuales salían corriendo para
ocultarse en los más de 20 refugios que había en varios puntos de la
localidad. Uno de ellos, ubicado en la calle Alfonso Orti, nº 7 se encuentra
intacto y varias niñas de la guerra, bajaron hace unos días a él después de
casi 70 años sin volver al mismo y nos comentaron unos testimonios, que
pronto tendrán que ser leídos, pues cada vez quedan menos loperanos que
vivieran la Guerra Civil Española. Tres de las niñas, Anita Velasco con 75
años, su hermana Margarita Velasco con 77 años y su vecina, Pepita Marín,
con 83 años recordaron con sonrisas y algunas lágrimas sus vivencias en el
refugio, cuando contaban con 9 , 11 y 16 años respectivamente. Las hermanas
Velasco no olvidarán la guerra pues concretamente el ultimo día de la misma
perdieron a su hermano Bernardo con 8 años, que junto a un amigo fallecían
cuando intentaban manipular una bomba de mano. La noche del 9 de abril del
1939 nos comenta Margarita Velasco que llegaba hasta Lopera su padre el cual
había estado 3 años en la cárcel del General Porlier de Madrid y no pudo
asistir al entierro de nuestro hermano, “el cual lo liamos en un saco y lo
llevamos directamente al cementerio”. Otro niño que también falleció en
plena guerra fue el sobrino de Pepita Marín, del cual nos cometa que
“falleció por el impacto de una bombardeo en abril del 1937, cuando se
encontraba en un lindón del camino de Andújar y quedó totalmente
destrozado”.
A pesar de estas lamentables e irreparables pérdidas a las
niñas de la guerra, les servían las bombas de distracción, ya que el día que
había bombardeo no iban a la escuela y pasaban todo el día jugando a los
bailes de la época como “Los cordones que tu me dabas”, ayudando a lavar la
ropa y quitar los piojos de las ropas de los soldados en la lavandería que
montó Josefa Navarro, una mujer solidaria que estuvo vistiendo con la mismas
bata negra durante toda la guerra en señal de desaprobación a la contienda y
cuando oían “cañonear” corrían al refugio, donde nos comenta Anita Velasco,
que las personas mayores rezaban el rosario y que había un cura, llamado
José, muy miedoso el cual recurría a la chiquillería para contarle cuentos y
hablar con ellos durante el bombardeo, además recuerda que sólo salía del
refugio cuando tenía que decir misa, la cual decía con más rapidez de lo
normal. También recuerdan estas entrañables loperanas, que hasta las
oficinas del ayuntamiento se trasladaban al refugio cuando había bombardeo.
Un día que no olvidarán fue la madrugada del 12 al 13 de agosto de 1938,
cuando entraron en Lopera los “rojos” y amaneció la plaza del pueblo llena
de cadáveres, si bien la toma duró sólo unas horas como se recoge en una
canción popular de la época que nos cantó Anita Velasco que dice así:
“Silencio marxistas
que no habéis triunfado
que los nacionales os han derrotado.
De madrugada entraron
con lujos de tiros
y al rayar el alba
quedaron vencidos”
No todo eran tiros en la guerra, también había tiempo para los bailes y la
diversión, concretamente en agosto del 1938 se celebraron las fiestas de los
Cristos en una casa sita en la calle Echegaray, propiedad de Mariano Toro,
aquí recuerdan Margarita y Anita Velasco que montaron un tablado y se llegó
hasta nombrar a una loperana llamada Francisca Cámara como reina de las
fiestas, que posteriormente se conoció como “Mis Parapeto”. De esta fiesta y
de otras que se celebraron en la localidad durante la guerra, quedó un dicho
en el pueblo, que era que “las muchachas de Lopera habían contribuido a
quitar la vocación de los seminaristas” pues muchos de los soldados que
había destacados en Lopera eran seminaristas y se pusieron novios con
loperanas,
Otro niño de la guerra, Gabriel Valenzuela, que contaba con 7 años al
estallar el conflicto nos comenta que a diario iba a la escuela de Doña
Carmen Casado, sita en el edificio de “La Patronal” y cuando sonaba la
campana salían corriendo para meterse en el refugio de la familia Rodríguez
sito en la plaza del Altozano(el cual también se encuentra intacto), donde
los mayores estaban asustados, pues ellos estaban ajenos al peligro que
corrían con los bombardeos. Después del bombardeo raramente volvían a la
escuela, entonces se dedicaban a jugar con los soldados en las trincheras
que había en el Cerro San Cristóbal, en “La Parra” y en Cerro “la Casa”.
Entre tanto disparo los niños nos comenta Gabriel que “hacíamos nuestros
propias escopetas con los tubos de la parte central de los paraguas a los
cuales le metíamos pólvora (de la cual no había problemas para conseguirla),
esto lo utilizábamos para hacer guerrillas” También pasaban el día cogiendo
pájaros de los nidos que había en los árboles, todo tipo de travesuras menos
ir a la escuela asienta Gabriel. Una escena que siempre quedó marcada en las
retina de nuestro niño de la guerra, fue cuando vio envuelto en un saco a
uno de sus amigos ya muerto que lo llevaban hasta el cementerio totalmente
destrozado por una bomba de la aviación. Estas vivencias de los niños y las
niñas de la guerra, forman parte de la historia de Lopera, que ojalá nunca
más se vuelvan a repetir, pues las guerras no traen nada bueno como dicen
nuestros mayores, que tuvieron que acostumbrase a vivir durante 3 largos
años, con los sobresaltos de los bombardeos y con las pérdidas de algunos de
sus seres queridos. Estos importantes restos de refugios en casas
familiares, junto con las trincheras, nidos de ametralladoras, bunker, que
se encuentran diseminados por el extrarradio de Lopera, se debían de
catalogar y formar parte de la futura Ruta de los Castillos y las Batallas,
como testimonios de la historia de un pueblo.
TESTIMONIOS de los niños de la Guerra Civil en Lopera
“A diario unos 25 niños de las familias más humildes y que sus padres
estaban presos, acudíamos a un comedor montado en el Altozano, al medio día
comíamos caliente y por la tarde una torta y una jícara de chocolate” María
Partera Cobo Niña de la Guerra 74 años.

Retorno al Refugio
(de izquierda a derecha):
Francisca Valenzuela, Teresa Gutiérrez, Anita Velasco, Pepita Marín y
Margarita Velasco (Foto izquierda) y Pepita Marín, Margarita Velasco, Anita
Velasco, Francisca Valenzuela y Teresa Gutiérrez (foto derecha).
Fotos: Juan Antonio Luque
“En el Verano de 1937 fuimos con nuestra maestra D. Carmen Casado un total
de 12 niñas a pasar 20 días de vacaciones en una colonia de Cádiz y vimos
por primera vez el mar y montamos en barco por el Puerto de Sta. María”
María Bueno Herrero. Niña de la Guerra. 78 años.
“ Los soldados cuando podían nos llevaban al refugio una cabra, para que las
ordeñásemos y le diéramos leche a los niños más pequeños, también nos
llevaban latas de sardinas” Josefa Rivilla Alcalá, Niña de la Guerra, 77
años
“Dentro del refugio los niños no cesábamos de gastar bromas a las personas
mayores y hacíamos continuamente ruidos con las puertas simulando cañonazos”
Francisco Pérez de la Torre, Niño de la Guerra 79 años
“En la toma de Málaga estuvimos las familias de Lopera refugiadas en la
Tercia Baja, durante 6 días sin salir, allí se guisaba y jugábamos todo el
día y algunos nos contagiamos de sarnas” Pepita Marín Niña de la Guerra 83
años.
“Para merendar mi madre me daba pan y una jícara de chocolate que llevaba
impresa la Virgen de la Cabeza y me decía que no mordiera a la virgen,
entonces yo comenzaba a darle pequeños bocados a la jícara alrededor de la
virgen y finalmente el trozo que contenía a la virgen me lo metía en la boca
hasta que se deshacía” Ana Valenzuela, Niña de la Guerra 70 años.

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