Antonio Pantoja Vallejo
(Artículo
publicado en el suplemento dominical del Diario Jaén de fecha 15 de enero de
1995)
Durante los días 26 al 29 de Diciembre se celebran en
Lopera las JORNADAS DE HISTORIA, que este año entran en su sexta edición.
Estos cuatro días un grupo de estudiosos de la historia local intentan
esclarecer, por desgracia con una mínima proyección en la comarca, el pasado
de Lopera. Distintas ponencias arrojarán más luz sobre aspectos que quedaron
olvidados en las mentes de nuestros antepasados. No obstante, son gestos de
estudiosos cargados de teoría, pero
exentos de vertiente práctica: ¿Qué hacen ellos para contribuir a la
recuperación de los restos del pasado que han llegado a nuestros días, en su
mayor parte, en un pésimo estado? Centrémonos
en la pieza más característica y valiosa de la arquitectura loperana, que además
es la que se encuentran en un estado más lamentable: el castillo. El presente
artículo tiene como única finalidad sensibilizar a los estudiosos de la
historia loperana, a todos los interesados en la misma y al pueblo en general,
sobre la conservación y recuperación del legado histórico que heredamos de
nuestros antepasados, que en el caso del castillo se encuentra en un avanzado
estado de abandono y deterioro. Al menos algo queda de él, porque los vinos que
albergaba en sus entrañas desaparecieron sin dejar rastro.
Para
centrar mejor el tema seguiremos al historiador local J.L. Pantoja (1988, 1992,
1993), sin duda, la persona que más ha hecho y está haciendo por recuperar
nuestro legado histórico, y a la revista Lope de Sosa (1927).
Fue Fernando III el Santo quien durante el siglo XIII ocupó tierras jiennenses en época de los musulmanes, los cuales tuvieron que replegarse hacia Granada o cruzar el estrecho hasta tierras africanas. Los cristianos repoblaron las tierras conquistadas, quedando en manos de Órdenes Militares como la Orden de Calatrava.
En estas fechas se construye el castillo-fortaleza, pero no aparece con claridad quien o quienes fueron sus artífices, si mulsulmanes o cristianos. ¿Acaso fue la Orden de Calatrava la encargada de su construcción para defender de los herejes esta parte de la hispanidad cristiana?. No tenemos aún una respuesta certera, lo que sí es cierto es que el rey santo tomó el castillo hacia la mitad del siglo XIII. ¿Lo tomó a los musulmanes, que a su vez lo habían conquistado a los cristianos?
A
partir de esta fecha el castillo pasa por diversas manos, debido a las
guerrillas entre Porcuna,
Lopera
y Andújar. Lo que sí parece cierto es que Lopera tuvo durante los siglos
venideros (XIV y XV) una cierta importancia en la zona, contando incluso con un
Comendador. Fue bajo la jurisdicción de la Orden de Calatrava, que controlaba
todo lo que acontecía en la villa.
Así llegamos hasta el siglo XVI, fecha en la que se construyó en el semisótano de la torre más alta, llamada de Santa María, una capilla, que fue el oratorio de los calatravos. Se trata de una auténtica joya gótica en la que se encuentra, entre otras cosas, un friso de yesería renacentista con una inscripción, que recuerda que fue construida por Juan Pacheco, comendador de Porcuna y Castilsera.
Posteriormente, diversos Comendadores fueron sucediendo a Pacheco y todos fijaron su residencia en el castillo.
El transcurrir del tiempo nos lleva al año 1856 en el que el castillo es adquirido por Alonso Valenzuela, que fue diputado a Cortes en 1854 y alcalde de Lopera entre 1870 y 1874. A partir de aquí y hasta la actualidad el castillo es heredado por sus descencientes.
En este punto se nos presenta la siguiente incógnita: ¿Cómo era el castillo cuando fue adquirido por la familia Valenzuela?
Las torres centrales, Santa María y San Miguel, tenían un aspecto similar al actual, si exceptuamos la torre del homenaje, la Santa María, que tenía como remate hacia la parte del paseo, un frontón que albergaba el cuerpo de campanas, formado por cuatro pequeños ventanales y un gran gran arco apuntado hecho de mampostería, en el cual pendía la campana mayor. Este remate denotaba desde lejos la presencia de una capilla de culto católico.
El perímetro pentagonal almenado tenía en esa época dos puertas de entrada, la principal que daba a la plaza del Ayuntamiento, que se conserva tal y como fue concebida y la puerta de entrada secundaria, situada en la parte opuesta. Esta puerta daba el acceso al castillo desde el paseo y tenía un pasadizo en forma de bóveda de medio cañón que terminaba en su parte exterior en un arco trilobulado de estilo gótico florido, probablemente remodelado en la misma época en que se construyó la iglesia de la Purísima. A la izquierda de esta puerta, visto el castillo de frente, existía otra pequeña puerta de entrada al recinto bajo la torre cuadrangular.
La guerra civil causó diversos destrozos en todo el recinto del edificio y en las torres. A partir de los años que siguieron al término de la misma se procedió a la reconstrucción de todo el monumento, creemos que por parte de Regiones Desvastadas.
¿Qué uso dieron los Valenzuela al castillo?
Eventualmente,
fue residencia temporal en tiempo de vendimia, pero por encima de todo, el
castillo fue utilizado desde fines del siglo pasado como lagar y bodega. Sin duda la bodega más importante del pueblo y,
quizás, una de las mejores de toda
la provincia. Fue tiempo de plantación de viñedos, de compra de botas de roble
y de adaptación del recinto del castillo a los fines comerciales que perseguían
sus dueños.
El
viñedo loperano dio (hablaremos casi en pasado, porque hoy el vino loperano
casi no existe) un mosto de alto contenido en azúcar, lo que se traducía en
una gradación máxima. Pronto
cobró renombre en toda la zona, llegando a toda
España en tiempos de la emigración, que en Lopera fue tremendamente dramática.
Este éxito comercial hizo que los propietarios pensaran en ampliar la bodega, llegando a modernizarse de una forma moderada, instalándose una gran torva de recogida de la uva, sistemas de prensado cilíndricos, construyéndose grandes tinajas o conos subterráneos. Por otro lado, se construyó una impresionante nave que ocupó toda parte delantera de las torres centrales, según se entra por la puerta principal. Allí se almacenaron miles de botas de roble en las que pudiera criarse y envejecer el vino llamado de "palo cortao" o Pedro Ximénez, que tomó como nombre popular "fino raya". Este magnífico vino tenía una gradación muy alta, en torno a los 14 ó 15 grados, lo que lo convertía en un vino para tomar sólo en aperitivos.
El esplendor comercial del vino loperano hizo que la puerta secundaria, la que daba acceso al paseo de Colón, se tuviera que agrandar, procediendo a recortar el grosor primitivo del muro. Se abrió así una gran puerta por la que podrían entrar sin problemas los tractores y camiones cargados de uva. Por otro lado, para cobijar la maquinaria se construyeron alrededor de todo el perímetro unas modernas techumbres a base de hierro y uralita.
No terminan ahí las aberraciones arquitectónicas. El penacho de la torre de Santa María se desmantela y se sustituye por almenas ¿querrían los dueños enmascarar o disimular la existencia de la capilla, lo cual les permitiría expoliar de espaldas al pueblo, el contenido de la misma?. De forma paralela, en la capilla de los calatravos y en todos los accesos a la misma los Valenzuela realizan sucesivas modificaciones para hacer más confortable el hogar familiar, utilizado, como ha sido dicho, escasos días al año. Entre las mejoras (?) que introducen están, tirar gran parte del friso renacentista y acondicionar el interior de la capilla como sala de estar.
Últimos años de la vida del castillo
Intereses
comerciales contrarios a la lógica y a la tradición llevan durante la última
docena de años al arranque sistemático del viñedo loperano, en su mayor parte
propiedad de los Valenzuela. Una vez muerto Alfonso Sotomayor, sus herederos,
desarraigados de la vida loperana, deciden eliminar
en poco tiempo todo lo que construyó su padre, quien, a pesar de no
vivir en Lopera, tenía el sentir por lo suyo de los señoritos andaluces,
cuidando, dentro de los límites del egoísmo humano, aquella belleza cultural
legado de sus antepasados.
Dilapidado el viñedo,
vendido el olivar, el pobre castillo entró en unos años de agonía letal.
Despedidos los empleados, familias enteras como los Quero o los Clemente, que
dejaron toda una vida al servicio del terrateniente y dedicada al amor y cuidado
de los vinos, ¿qué hacer con el castillo? ¿qué fin darle a unas piedras
envejecidas por el tiempo a las que había que estar mimando
continuamente si se
querían mantener en pie?.
Un problema de fácil solución: la dejadez. Los últimos años los pasó el castillo en un estado de semiabandono total, cerrado a cal y canto a las vistas del público y viéndose a sí mismo como en sus peores tiempos, cuando era arrasado por las hordas herejes o bombardeado por las tropas fascistas. Cada día, cada hora se le rompía un trocito, se le caía parte de un torreón o se desprendía alguna piedra de sus paredes. Se secó la gran yedra que vestía la torre de Santa María y fue como si se secara parte de su historia, parte de su corazón.
Hace sólo unos meses se abrieron las puertas del castillo, pero no fue para reconstruir, como pensamos todos los que pasamos junto a él o entramos para echar un vistazo a su interior. La reapertura obedecía a otros propósitos: desmantelar todo sus interior, vender todo lo que tuviese valor y tirar aquello que no valiese nada (?). Parecía como si alguna mente vasectomizada quisiera borrar el pasado, como si cientos de años pudiesen borrarse como se borra el garabato escrito por un niño pequeño. Pero así ha sido, a los loperanos nos han desvalijado más de 200 años de historia y muchos ni se han enterado. ¿Cómo podremos convencer a nuestros hijos de que Lopera tuvo una vez una gran bodega?. En la escuela tendremos que correr una negra cortina sobre el vino de Lopera. Y cuando fuera de nuestra fronteras nos pregunten por aquel caldo exquisito, un poco cabezón, criado y envejecido en bota de roble ¿qué contestaremos? Si nos pilla preparados podremos responder: en Lopera ahora no interesa el vino, lo hemos sustituido por la industria del mueble. Lo malo es que nuestro interlocutor sea avispado y nos responda: ¿Es que no pueden sobrevivir pasado y futuro juntos?.
Presente y futuro del castillo: conclusiones y propuestas
Eliminado el
problema del vino y la bodega, el olivar vendido y el castillo cerrado;
derrumbadas las techumbres que se construyeron alrededor del recinto y despedido
el personal que trabajaba en él ¿qué
futuro le espera al monumento?
Quién
escribe este artículo, maestro de profesión, no quiere ser un pájaro de mal
agüero y presagiar un futuro negro e incierto al monumento más emblemático
del pueblo, pero tampoco
puede ser muy optimista tras la reflexión y el repaso
hecho a la historia.
La gente pasa junto a él diariamente, casi roza sus muros y apenas si se cae en la cuenta de su existencia. Durante la feria de agosto lo tapan de la vista y lo llenan de luces y ruidos y se convierte en el negro fantasma de la noche, en el que casi nadie repara. Una prueba de la indiferencia (creo que aparente) que el pueblo siente hacia él es la falta de propuestas para hacer algo, que lleve a una recuperación del mismo para disfrute de todo la comunidad. ¿Por qué ese estado de apatía que envuelve las gentes de nuestra localidad?
En la escuela, estudiando la historia local, tenemos que conformarnos con dibujar su exterior o comentar alguna fotografía de su interior. ¿No es cuanto menos chocante que ninguno de los 600 alumnos que hay actualmente en la escuela pública de la localidad haya podido visitar su interior?
Termino haciendo una propuesta a los estudiosos de la historia local y a toda la gente de Lopera que le interesa todo lo relacionado con nuestro pueblo: recuperar el castillo como bien cultural propiedad del pueblo, mediante compra o expropiación, ya sea por parte del Ayuntamiento o por la Junta de Andalucía.
De esta propuesta se desprende otra pregunta ¿qué uso se le puede dar al castillo?. Muchas y variadas serían las respuestas, algunas de las cuales serían las siguientes:
Creación de varios museos con aportaciones populares: museo arqueológico, museo de la vendimia, museo del aceite, museo del campo, ...
Sede de una escuela-taller municipal encargada de restaurarlo.
Sala de exposiciones.
Auditorio al aire libre.
Tanto espacio y tanta historia serían un lugar de encuentro para tantas generaciones de loperanos que vuelven a su pueblo en estos día entrañables llenos de alegría y de paz. Sería el gran logro cultural de la historia de Lopera, obtener un gran monumento para restaurar y para mostrar a todo el mundo.
Para ampliar el tema:
PANTOJA,
J.L. (1988): El castillo de Lopera, Revista Cajasur, nº 33.
--- (1992): Guía
histórico-artística de la villa de Lopera. Villa del Río: Edición del
autor.
--- (1993):
El castillo-fortaleza de Lopera. Apuntes para su historia, en Actas de las IV
Jornadas sobre la Historia de Lopera. Jaén: Cámara Oficial de Comercio e
industria, 31-52.
REVISTA
LOPE DE SOSA, año 1927.